OBITER DICTA: NOTAS MARGINALES
Obiter Dicta:Notas Marginales Por Samuel Nina Ortiz
Hay los que se han empeñado en desentrañar el secreto de ese estilo polémico de expresar en mis libros lo que pienso, siento y quiero; y, he aquí una fórmula sencilla de lograrlo el diletante menos aventajado:
He adoptado como norma, en toda evaluación de la pieza escrita, un plan básico de la teoría crítica de la opinión ajena de la clase que describo a continuación, tomado de los escritores bíblicos:
(1)-Establecer clara y decididamente el punto de la cuestión que el autor ha sometido al juicio de los lectores, como un diletante más, sin pretensiones culteranas.
(2)-Definir cualquier término que podría parecerme ambiguo.
(3)-Limitar los argumentos a tópicos específicos que a mi juicio deben ser destacados, siguiendo un orden de prioridades.
(4)-Considerar la historia del punto que se ha sometido a discusión y evaluar su significado presente.
(5)-Someter mi posición a la fina consideración del lector de conformidad con su sano juicio, apoyándome en hechos, ejemplos y axiomas; y, la autoridad de los buenos autores, no sin antes presentar mis propias conclusiones en respaldo de mis razonamientos a partir de un análisis profundo de la materia en que seguramente debo gozar de una reputada competencia.
(6)-Demostrar la inatinencia de los argumentos contrarios a mis ideas y creencias con seriedad y sana razón.
(7)-Reconocer los méritos de la oposición y aceptar sus propuestas cuando sean válidas y, en todo caso, atinentes.
Y he aquí un método sencillo de cultivar el lector el arte de juzgar la verdad o falsedad de una opinión conforme las reglas que deben llevarse a cabo en toda Teoría Crítica del Conocimiento:
Conversaba yo con un ilustre magistrado y le pedí que nos honrara con un puesto honorario en el proyecto didascálico que se inicia con la publicación de esta obra:
¡Honorífico!—me rectificó, con un aire de superioridad propio del maestro que corrige a su pupilo.
—Sí, eso quiero decir, honorífico— le contesté.
Tres días después, le enviaba la siguiente nota que me plugo reproducir de la fuente autorizada del diccionario Sopena.
Honorario: Que tiene los honores de un cargo, sin desempeñarlo efectivamente y sin la retribución correspondiente: presidente honorario.
Honorífico, Que confiere honor pero no retribuido: cargo honorífico.
Nos preguntamos, ¿honorario u honorífico?, ¿o ambos? ¿Cuál es la preferencia del lector? Pero antes de responder a estas preguntas y tal vez alguna otra que pueda surgir en el decurso de estas reflexiones mías a favor del buen uso, quisiera añadir algo más a la rectificación que me hizo el ilustre magistrado con innegable buena fe.
Y es que en asuntos de lenguaje no basta la sola buena fe de la crítica, y siquiera toda la buena fe del consorcio de escritores que conforman el emporio editorial del planeta.
Y esto me recuerda aquella por demás ingeniosa respuesta que le da don Julio Casares a la pregunta que le hace el Sr. D. J. Aguilar Catena en una carta en la que solicitaba la opinión del celebérrimo autor de Crítica Efímera:
¿Qué condiciones desearía usted del crítico cuando le toca el papel de enjuiciado?
—Con bien poco me doy por contento— responde don Julio y añade: “Supuesta la honradez literaria, sin la cual toda crítica es estéril, sólo dos cosas pediría a mis jueces: competencia y objetividad.”
Y yo diría que la competencia sola, según un corolario epistemológico muy querido de los escritores bíblicos, es razón suficiente para alcanzar la deseada objetividad; porque no hay competencia sin objetividad y no hay objetividad sin competencia.
Y ahora, vamos a desambiguar los conceptos.
Si para mi amigo juez, honorario le resulta impropio porque se confunde con honorarios permítame corregirle ahora que la palabra honorarios nos viene precisamente de honorario, en sentido singular, porque lo que honra o hace honor a la profesión liberal que ejerce, digamos acaso, el abogado, es, en efecto, los honorarios que recibe éste en honor de un ejercicio profesional independiente, dignamente recompensado mediante honorarios.
Por honorarios, en sentido plural, se entiende pues, la remuneración que se obtiene por un tipo de servicio, propio de una profesión de carácter liberal, en el que predomina el factor intelectual sobre el estrictamente manual o mecánico.
Normalmente, este tipo de servicios es prestado por personas con un título profesional, o con una gran experiencia y habilidad en un área específica de conocimiento, sin vínculo laboral entre las partes; y, supone el ejercicio independiente y la remuneración mediante honorarios.
¿Qué pues, finalmente, diremos: honorario u honorífico? Creo que lo más sabio y saludable es acogerse esta vez a la autoridad legítima del diccionario:
“Honorario. 1- Se aplica a las personas que reciben sólo los honores de un cargo: Director honorario/ 2- que se utiliza para honrar a una persona, título honorario.
Todo lo que es honorario es honorífico, es decir, da honor.
El cargo de presidente honorario de una sociedad es un cargo honorífico; pero un nombramiento para una dignidad elevada, una condecoración, son honoríficos, aunque no sean honorarios. Honorario es, pues, una especie dentro del género honorífico”.
Y creo oportuno añadir aquí en obsequio de una mejor inteligencia del lector que para distinguir el término honorario de honorífico solo basta con aclarar que honorario sencillamente se aplica o debe aplicarse a la persona que ha acumulado los méritos necesarios para concederle como legítimos los honores de un cargo, premio, título o reconocimiento con que se confiesa la dignidad de la tal persona como si intrínsecamente la tuviera.
Honorario, pues, se dice del que tiene los honores; honorífico, en cambio, se dice de lo que da honor, sin tener cuenta de los méritos o de los honores que se hayan acumulado o no.
El problema que confronta mi amigo juez es el resultado de la pereza intelectual que afecta a los círculos que conforman la elite considerada por muchos como la clase ilustrada del país.
Pero esa ilustración no existe sino solo en la apariencia de sus poseedores, gracias a la magia de las investiduras dotadas de poderes eficaces de ejecución, las funciones públicas y los cargos de autoridad.
Porque si una palabra se usa para comunicar lo que se piensa, siente y quiere, supuesta la competencia del que habla, ¿cómo ignorar que ha de tenerse presente la propiedad del decir según la correcta denotación y connotación de la idea que se ha querido expresar?
Una de las causas de la mala denotación de nuestros hablantes nos viene por la confusión de palabras que acusan formas similares:
1) Abocar - entregarse de lleno a hacer algo, o dedicarse a la consideración o estudio de una cosa. La Administración se abocará a resolver los problemas a los niños. Avocar – En derecho, dicho de una autoridad gubernativa o judicial: Atraer a sí la resolución de un asunto o causa cuya decisión correspondería a un órgano inferior (DRAE).
2).Abrogar - abolir o revocar una ley, código o norma jurídica en su totalidad: abrogaron el decreto. Arrogar - atribuirse indebidamente alguna cosa inmaterial, apropiarse de ella: arrogarse un derecho.
3). Acervo – montón de cosas menudas. Acerbo – áspero al gusto.
4). Aya - persona encargada de criar y educar a un niño. / Nodriza. Haya - Nombre común de diversas especies de árboles fagáceos de hasta 40 m de altura, tronco grueso y liso de corteza gris y ramas de gran altura con hojas ovales.
5). Asar–verbo: Hacer comestible un manjar por la acción directa del fuego. Azar – suerte, desgracia, casualidad.
6). Baya - Fruto carnoso, jugoso, cuyas semillas están rodeadas de pulpa, como la uva, la grosella y otros. Valla - Armazón o cartelera situada en la vía pública con fines publicitarios. / Obstáculo. / Cerco. Vaya – forma subjuntiva del verbo ir.
7). Ceso - voz del verbo cesar. / Forma equivalente a la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo: “yo ceso”. Seso – cerebro.
8). Cocer – cocinar. Coser – hacer labores con hilo enhebrado en la aguja.
9). Grabar – marcar. / Hacer una incisión para labrar una figura, dibujo o inscripción sobre una superficie dura. / Registrar imágenes, sonidos o datos en el soporte adecuado para almacenarlos y reproducirlos. Fijar profundamente en el ánimo un concepto, un sentimiento o un recuerdo. Gravar - cargar. / Imponer un gravamen o establecer un tributo.
10). Hojear - pasar con rapidez las hojas de un libro o revista. / Leer superficialmente. Ojear – dirigir los ojos. / Dirigir la mirada con atención hacia algún sitio. / Echar mal de ojo. / Espantar la caza, acosándola hasta que llega adonde esperan los cazadores.
11).Rebosar-derramarse un líquido por encima de los bordes de un recipiente. Rebozar-Bañar un alimento en huevo y harina o pan rallado, para freírlo después. / Manchar mucho a alguien. / Cubrir casi todo el rostro con la capa o manto. / Disimular un propósito, idea, etc
El término denotación es aquí teoréticamente clave, en cuanto al sentido explícito del referente contextual que vincula a la palabra con el concepto que se ha querido expresar según la definición que de ella nos da el diccionario considerada en su sentido literal.
Por denotación de una palabra ha de entenderse, pues, el significado literal que de ella nos da el diccionario, sin asociarla con las emociones, los sentimientos y las actitudes que caracterizan el modo de ser las personas en su cotidiano vivir.
El uso de las palabras con arreglo al sentido denotado por ellas constituye el primer postulado legaliforme de dicción clara, inteligible y diserta; cuando uno de nuestros honorables representantes del ministerio público dice:
Yo me abrogo el derecho de solicitar la ampliación del plazo correspondiente y concluir la investigación, está usando erróneamente el verbo abrogar por arrogar y ha dicho algo diferente a lo que ha tenido la intención de expresar.
El productor de un programa radial vespertino que dijo: “la lluvia no ha pasado, todavía hay sitios donde sigue lloviendo”; no solamente ha privado a su audiencia de los beneficios de la denotación correcta, sino, también, de la oportunidad de aprender los radio-oyentes de la responsabilidad moral, y en todo caso, ciudadana que representa para la educación espiritual de nuestros congéneres el uso de los medios radiofónicos de difusión del pensamiento.
Eso de llover en sitios no me parece la expresión adecuada: se puede hablar del sitio para referirse uno a la porción del espacio que es ocupada o puede ser ocupada por algo en sentido real o figurado, según una definición contable del diccionario, como, por ejemplo, el sitio en que se ha instalado una planta de gas, o del sitio donde está colocado el poste de alumbrado eléctrico; y, hasta del sitio en que se ha puesto un letrero. En cambio, la lluvia no es un fenómeno estacionario como para hablar de la lluvia que cae en un sitio específico.
Cuando hablamos de lluvia nos referimos a un fenómeno meteorológico que consiste en la caída de agua que se deposita, no en un sitio, sino sobre la superficie de la tierra; y, en vez de sitio nos referimos a una región o porción de la superficie terrestre.
Conozco a un distinguido locutor y autor de crónicas periodísticas, de las llamadas deportivas, que quiso desagraviar la clase mediante la execración del término “concientizar” bajo el rótulo: delito vitando.
“A partir de este momento—nos dirá el denunciante del acto criminoso—a nadie en su sano juicio se le ocurrirá repetir eso de ‘concientizar’ que llena de vergüenza nuestra hispanidad, dígase, en cambio, ‘concienciar’ por ser la forma que se adapta al genio y a la naturaleza de la lengua”
Pues bien, como se trata una vez más de uno de esos casos en que se impone el bastón de mando de una persona versada en una o más ramas del conocimiento, me parece oportuno hacer aquí algunas reflexiones sobre un hecho que se da con mucha frecuencia en estos menesteres del arribismo de la comunicación:
Entendida ésta como el proceso mediante el cual alguien utiliza modos y medios para enviar un mensaje estructurado de conformidad con ciertas reglas establecidas convencionalmente.
En el caso que nos ocupa un locutor puede utilizar excelentemente los modos de la comunicación: Buena entonación de la voz, dicción clara e impecable, léxico muy variado; y, en cuanto al uso de los ademanes, gestos y modales el locutor podría ser simplemente señorial.
Y todo esto, sólo dice relación a las bondades de los modos de la comunicación. Para dominar los medios de la comunicación, sin embargo, hay que tener conocimiento del bien y del mal.
Del bien, porque a diferencia de los modos de la comunicación los medios de la comunicación se establecen tomando en cuenta reglas cuidadosamente estudiadas en materia de lenguaje: Origen etimológico de los vocablos; la propiedad en el uso de los términos, frases y oraciones; evolución histórica de los elementos; y, el conocimiento profundo del régimen y la construcción de las palabras, lo que se denomina sintaxis.
Y del mal, porque el locutor —o el cronista— puede utilizar muy bien los modos de expresión que adornan las ideas en el discurso pero esto no le convierte en experto en asuntos del idioma. Y en esto, precisamente, consiste el mal que constituyen los medios de la comunicación: El individuo versado en materia de modos que interpreta una forma correcta perteneciente a cuestiones de medios como incorrecta y le atribuye la que él considera normal.
En el libro “El porqué de los dichos” José María Iribarren nos recuerda la ya muchas veces referida anécdota de Apeles y el zapatero tal y como nos la cuenta el escritor y enciclopedista romano Plinio el Viejo en su Historia Natural. Como solemos olvidar con frecuencia las lecciones de moral enseñadas por estos ilustres antepasados me parece muy oportuno insertarla aquí a propósito del punto de la discusión que nos ocupa:
Apeles, el más ilustre de los pintores griegos (siglo IV antes de Cristo), era muy exigente con sus obras, y lejos de desdeñar la crítica, la provocaba, para lo cual solía colocar sus cuadros en la plaza pública, y él se ocultaba detrás del lienzo para oír lo que decían los curiosos. Cierto día acertó a pasar un zapatero que censuró acremente la hechura de una sandalia en un retrato de cuerpo entero. Apeles comprendió su error y lo corrigió; pero al día siguiente volvió a pasar el mismo zapatero, que al ver corregido el defecto por él señalado, se envalentonó y se metió a criticar otras partes del cuadro. Apeles salió entonces de su escondite, exclamando:
—sutor ne supra crepidam judicaret—
Sentencia que ha quedado inmortalizada en su equivalente castellano: —zapatero, a tus zapatos (literalmente: zapatero, no juzgues más allá de las sandalias). Tal es el caso del destacado locutor y cronista que ha hecho la notificación de la denuncia. Me pregunto:
¿En qué autoridad se apoya nuestro prestigioso locutor y cronista para tachar de criminoso el uso de concientizar y sugerir, en cambio, concienciar? Alguien que me oyó poner así en tela de juicio la competencia en materia de lenguaje de su colega ausente, otro locutor, naturalmente, me interpeló de esta manera:
¿De dónde viene la “T” de concientizar?
Obviamente, lo que mi amigo locutor quería sugerir con su pregunta era, sencillamente, que de la palabra conciencia que se escribe con “c” no podía derivarse el verbo concientizar con “t”; y, he aquí una de esas razones por las cuales creo necesario invocar conocimiento, vale decir, competencia, cuando por insipiencia de las reglas convencionales se haya querido sustituir la forma que se adapta a las exigencias de los dogmas gramaticales de la lengua y a la norma correcta establecida por el habla culta, que, a fin, son fórmulas aceptadas en la comunidad de hablantes, por algo tan ajeno al genio y a la naturaleza de la lengua como ciertamente es “concienciar”.
¡Qué de dónde nos viene la "t" de concientizar! Pues, del latín "conscientia" con "t" como "gracia" con "c" nos viene del latín "gratia" con "t" y de ahí "gratis" con "t".
¡Qué vergonzosa ignorancia, dirá, quizá, algún aspirante a la profesión de literato, la de ese locutor y cronista, a quien hoy vemos profesor de una escuela de locutores y corrector del idioma! ¡Ah!, se me olvidaba: ¿Sabía usted amigo, locutor y cronista, que la palabra ignorancia con “c” procede del latín ignorantia con “t”? Y disculpe vuesased, si he abusado alguna vez de vuestra “patientia”.
En cuanto a la forma "concienciar" a pesar de ser palabra de conjugación incierta: ¿yo conciencio o concienzo?, es también válida, pero a este tenor habría que admitir, de hecho y de derecho, el adjetivo cienciano como derivado del sustantivo ciencia en lugar de científico como lo ha establecido el uso general. Hay que advertir además, que si lo correcto es concienciar porque nos viene de conciencia, ¿por qué es incorrecto el verbo eficienciar cuando aplicamos el mismo procedimiento derivativo que nos obsequia el sustantivo eficiencia?
Yerran también la meta, los juristas que no cesan de ametrallarnos consuetudinaria- mente con la locución en violación a en lugar de “en violación de”. La palabra violación como sinónimo de transgresión no admite otra forma de construcción que no sea con “de”, dígase, pues:
“Violación de la ley” o “de las leyes”; o “en violación de los artículos… etc., etc., etc.
Hay que reconocer, sin embargo, en la mayoría de los equívocos de palabras una cierta confusión que se deriva del uso inconsiderado de los homónimos: palabras que tienen distintos significados pero con idénticos significantes.
En el caso de mi amigo juez, la impropiedad denotativa consiste en confundir la palabra honorario con su homónimo honorarios al tiempo que le atribuye un falso referente.
Denotar significa tres cosas:
(1). El sentido literal de la idea o hecho que ha de ser comunicado.
(2). La calificación de un número indetermi- nado de aplicaciones concurrentes en un concepto dado, es decir, la propiedad que tiene un concepto de poder ser aplicado a otros.
Y, (3). La operación que consiste en clasificar las palabras de conformidad con ciertos rasgos diferenciadores previamente determinados en conjunto, por ejemplo: barco de pesca, barco de guerra, barco de cabotaje, etc., como ejemplos de vehículo de navegación que se usa para transportar personas y mercancías: barco.
Se llama sentido a cada una de las acepciones que adoptan las palabras según la relación que expresa el referente de un contexto dado, por ejemplo, en la oración:
“El fontanero cerró la puerta con la llave”.
La palabra llave se refiere al “instrumento, comúnmente metálico, que, introducido en una cerradura, permite activar el mecanismo que la abre y la cierra” (según la primera definición que de llave nos da el diccionario).
La palabra clave que en el ejemplo señala al referente que nos permite interpretar el sentido que encierra “la llave” de acuerdo con el contexto de la oración es sin duda “la puerta”. Si removemos la palabra clave “la puerta”, y, en cambio, decimos: “El fontanero cerró la llave”
Se entiende ahora, por el cambio de contexto, que se trata del “instrumento que sirve para regular el paso de un fluido por un conducto” (Segunda acepción del diccionario): de acuerdo con la palabra clave representada ahora por el verbo “cerró”, y el contexto que implica la idea del fontanero que manipula el instrumento. Y si decimos, una vez más: “El fontanero cerró la llave con la llave”; adivinamos fácilmente que esta última acepción se refiere, sin necesidad de reparos, al “instrumento que sirve para apretar o aflojar tuercas” (Tercera acepción).
Y que la palabra clave resulta ser ahora “la llave” de “cerró la llave” en el contexto de “la llave” que hace de referente en manos del fontanero. Se llama contexto a la esfera dentro de la cual se utilizan las palabras, las frases, las declaraciones, o los trozos considerados en un escrito; y, también: a las circunstancias que contribuyen a aclarar el sentido de la oración, de la frase, o de una palabra en particular, empleadas en el discurso. O dicho de otro modo, el contexto no es más que una combinación del referente de la idea significada y del punto o situación que es objeto de consideración.
El referente es la entidad real u objeto de la realidad representada por una idea en particular, en su particular momento, y a la que nos remite la cosa significada.
Así, en “el fontanero cerró la puerta con la llave” la palabra “puerta” no es el referente pero nos da la idea que nos señala al referente que sirve para identificar la llave que se ha querido expresar de acuerdo con el contexto de la cosa significada: La llave específica que se usa para activar el mecanismo de metal que se fija en una puerta para abrirla y cerrarla.
El referente consiste pues, en el sentido particular, único, que adopta una palabra como símbolo de una experiencia vivida, por ejemplo, no podemos abrir ni cerrar una puerta con la palabra “llave” pero si podemos expresar la experiencia de abrir y cerrar por medio del símbolo que representa la tal experiencia en las tres acepciones que acabamos de analizar. O sea a lo que la palabra “llave” nos refiere, o bien nos remite, es lo que llamamos “referente”.
El lector puede interpretar fácilmente el sentido de la palabra que se expresa oralmente o por escrito en virtud de esa relación mental de la palabra clave con su referente en un contexto dado. Ese sentido debe abstraerse de una característica o propiedad común a cada llave definida, como se muestra a continuación:
(1). En la primera acepción el referente llave simboliza el instrumento que se usa para accionar hacia delante o hacia atrás el pestillo de una puerta.
(2). En la segunda, el referente llave señala al instrumento que sirve para mover hacia un lado o hacia el otro la pieza que regula el paso de líquidos.
(3). En la tercera acepción el referente llave denota el instrumento que se emplea para abrir o cerrar, ajustar o desajustar, apretar o aflojar tuercas.
Esta forma referencial de expresar el sentido literal de la palabra llave, o mejor aún, esta manera de comprender un término para definirlo según los objetos a los cuales puede correctamente aplicarse constituye la extensión o la denotación del término.
Por otro lado, la intención equivale al estado emocional o volitivo que sugiere el autor en cada una de las palabras que constituye una locución, como conviene a los fines del proceso compositivo, y es, según la definición de los retóricos: El efecto que el escritor procura imprimir en el ánimo de sus lectores.
La palabra adquiere entonces además de su significado propio otro de tipo afectivo de conformidad con el grado de emoción favorable o desfavorable que el autor desea manifestar acerca del referente de la idea significada por él, por ejemplo, en las frases “Pedro es delgado”, “pedro es flaco”, “flaco” y “delgado” difieren en sus connotaciones.
Hay, tal vez, entre los que se complacen en asociar el concepto de “delgadez” con la belleza ejemplar del modelo los que respondan favorablemente a la descripción de una “chica delgada”:
Pero su respuesta podría ser un tanto menos favorable a la idea connotada por la frase “una chica flaca” o “una chica macilenta”, o en el peor de los casos “una chica escuálida” o “una chica menguada de carnes” —connotación subjetiva.
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